Una confesión sobre mi ansiedad, mis tormentas y cómo aprendí a ver la calma después de la tormenta.
Para nadie es un secreto que desde hace algunos años he sido abierta sobre mi salud mental y cómo la he manejado. Es un proceso que, si bien hoy en día es más hablado y menos tabú, sigue siendo un tema un poco incómodo para muchos. Sé que con mi experiencia puedo ayudar y reconfortar a otros, pero también sé que hay quienes lo ven como algo innecesario de compartir en público.
En mis ganas de ayudar a los demás y tratar de evitar, en lo posible, que pasen por lo que yo pasé (que no se lo deseo a nadie), me he encontrado con personas que deciden permanecer en un hoyo emocional sin siquiera preocuparse por buscar una salida o al menos un alivio a tanto dolor. Yo sé que no es fácil, y muchas veces la empatía escasea en estos temas. Pero también habemos personas que estamos del lado positivo de la situación, tratando de mostrar que sí se puede estar mejor.
A veces basta con tomar una sola decisión o dar un pequeño paso para que la vida empiece a girar en una dirección distinta. Para mí, esa decisión fue ser feliz. Y digo “decisión” porque en aquel momento oscuro la felicidad no era otra cosa que encontrar paz, una paz que la ansiedad me había arrebatado junto con los ataques de pánico, el nerviosismo del día a día y la inestabilidad emocional que me impedía incluso manejar para llevar a mis niños al colegio.
El pico más duro de mis ataques y de mis peores momentos de ansiedad llegó cuando mi hijo menor cumplió 2 años y el mayor tenía 6. Justo esas eran las edades que teníamos mi hermano y yo cuando mi papá murió. Sin darme cuenta, esa coincidencia desató un PTSD que había estado dormido dentro de mí y que explotó años después. Mi cerebro se bloqueó. Me veía reflejada en esa situación con mis hijos, como si la historia estuviera destinada a repetirse, y no supe cómo manejarlo desde el principio. Fue una etapa devastadora, pero gracias a mucha terapia psicológica pude ir desenredando ese nudo y a comprender lo que me estaba pasando.
Encontrar ese despertar dentro de mí y atreverme a salir de mi zona de confort no fue fácil. Como dicen por ahí: para ver la luz muchas veces hay que atravesar la tormenta. El camino no se siente atractivo al principio, pero vale la pena cuando logras llegar a ese lugar donde sientes que el sol brilla más fuerte que nunca (literal).
Recuerdo una anécdota como si hubiera sido ayer. En medio de mis ataques de pánico (que eran diarios, sin darme un respiro), lo último que quería era cuidar de mi apariencia. Y aunque seguía publicando sobre skincare, belleza y maquillaje, la realidad dentro de mí era otra: nada de lo que compartía reflejaba cómo me sentía en ese momento. Hasta que un día decidí darme un baño, arreglarme el cabello, maquillarme y pintarme los labios de rojo (ese tono que siempre tiene el poder de levantarte el ánimo). Luego fui a recoger a mis hijos al colegio. Matias estaba muy pequeño, pero Tomas ya entendía más. Apenas me vio, su carita se iluminó y me dijo:
“Mami! Me encanta tu boca, qué bella estás. Wow, te ves diferente! Qué vas a hacer? Por qué estás vestida así?
Tenía tantas preguntas… y yo, con toda mi vulnerabilidad, solo le respondí:
“Hoy mami se siente bien y decide ser feliz”.
Su sonrisa y su abrazo jamás los olvidaré. Ese día confirmé lo mucho que los niños perciben, incluso cuando creemos que no se dan cuenta. A veces los subestimamos, sin saber que pueden convertirse en nuestra mayor fuente de apoyo… o también, sin querer, en quienes más resienten nuestro dolor.
Mis hijos han sido pilares fundamentales, junto a mi esposo, claro. Pero siento que Tomas, el mayor, ha estado más cerca de este proceso. Recuerdo otra ocasión en que yo estaba llorando en la escalera porque Juan tenía que salir y yo no quería quedarme sola con los niños. No era solo miedo a la soledad: era miedo a desmayarme en medio de un ataque de pánico y no poder atenderlos. Esa idea me atormentaba a diario. Y entonces, entre lágrimas, sin saber qué hacer, Tomas se me acercó y me dijo:
“Mami, no tienes que tener miedo. No estás sola, yo siempre voy a estar aquí contigo”.
Era como si no hablara él, sino Dios a través de mi hijo. Me dio una fuerza que no sabía que tenía. Y sí, Juan salió, yo me quedé rezando, y no me dio ningún ataque de pánico. Fue el inicio de un cambio.
En mi proceso de sanación probé de todo: terapias psicológicas, EFT (Tapping), reiki, biodecodificación, constelaciones familiares, meditación, lectura de más de 8 libros, incluso una certificación en remedios holísticos. No todo funcionó de inmediato, ni todo fue lineal, pero cada experiencia me dio una herramienta distinta para reconstruirme y volver a creer que sentirme en paz era posible.
Y aunque sé que a veces esto puede sonar cliché, la verdad es que no importa cuántas historias escuches: no es hasta que lo vives que entiendes lo transformador que puede ser.
Porque cuando la ansiedad te golpea, también golpea tu ego. Crecimos escuchando frases como “tú eres fuerte”, “tú puedes con eso y más”, “no seas exagerada”… Y aunque dichas con buena intención, no siempre ayudan. Al contrario, muchas veces nos hacen sentir más incomprendidos.
Mi reflexión de hoy
Hoy puedo decir que mi avance ha sido tan significativo que a veces me cuesta creer que estoy viviendo y que estoy en el lugar donde anhelaba estar hace años: un lugar emocional, de calma, que me sostiene a mí, a mi familia y a quienes me rodean.
Sigo teniendo altibajos? Sí. Hay días en que me siento al 100 y otros en que no. Y está bien. Lo importante es reconocerlo y saber pedir ayuda cuando se necesita.
Buscar ayuda no es señal de debilidad, es un acto de amor propio y de valentía. Significa aceptar que no tenemos que cargar con todo solos, que merecemos sentirnos mejor y que hay herramientas y personas que pueden acompañarnos en el camino.
Y aquí quiero hacer un paréntesis muy personal: durante mucho tiempo odié los días nublados y lluviosos porque me recordaban a mi ansiedad, me daban miedo, me sentía hundida en la oscuridad. Hoy, en cambio, me dan paz. Ya no los asocio con tormenta, sino con calma, con pausa, con esa serenidad que antes me parecía imposible.
Hoy miro hacia atrás y me abrazo a mí misma con orgullo. No por haber evitado la tormenta, sino por haber aprendido a caminar bajo la lluvia hasta que salió nuevamente el sol (hice una pausa para llorar justo escribiendo estas lineas).
Y para ti, que estás leyendo esto
Quiero que te lleves este mensaje: no importa cuán oscura se vea tu tormenta, siempre existe un rayo de luz esperándote. A veces parece imposible, a veces el dolor grita más fuerte que la esperanza, pero créeme: tu vida puede cambiar.
Yo lo viví. Yo estuve ahí, pensando que no podía más, que nunca saldría del hoyo. Y hoy estoy aquí, en paz, con una sonrisa que nace desde adentro, escribiendo este post desde mi lado mas vulnerable.
Si yo pude, tú también puedes. No importa el tiempo que te tome ni cuántas veces tengas que empezar de nuevo. Da un paso, aunque sea pequeño. Pide ayuda. Confía. Y nunca olvides que incluso en los días más nublados, el sol sigue estando detrás de las nubes, esperando brillar para ti 🙂
Los quiero, ML.